Ali Mohamed Al-Shurafa Al-Hammadi escribe… Egipto despierta

La historia sigue su curso y las naciones experimentan alternadamente momentos de fortaleza y de quebranto. Los pueblos son testigos de grandes victorias, así como también enfrentan duras reveses; sin embargo, los Estados de profundas raíces conservan la capacidad de levantarse sin importar la intensidad de las tormentas que los rodeen. A lo largo de su dilatada historia, Egipto ha sido un objetivo permanente para quienes codician sus riquezas, su posición estratégica y su rol civilizatorio, puesto que dominar a Egipto significa poseer la llave del equilibrio en toda la región árabe.
Desde hace siglos, las potencias con ambiciones comprendieron que el enfrentamiento militar directo con Egipto no era el único camino para debilitarlo. Por ello, trabajaron para penetrarlo desde el interior e intentar desmantelar su conciencia nacional, entreteniendo a su pueblo con conflictos y divisiones mediante el uso de múltiples herramientas cuyos nombres y lemas cambian de una etapa a otra, mientras el objetivo permanece inalterable: agotar al Estado egipcio y alejarlo de su papel nacional e histórico.

En este contexto, se instrumentalizó a grupos u organizaciones que esgrimían deslumbrantes lemas religiosos o políticos, mientras se movían en trayectorias que servían a proyectos externos alineados con los intereses de las potencias que buscaban reconfigurar la región. En ocasiones se utilizó la religión como cobertura para acceder al poder, tal como ocurrió a través de los Hermanos Musulmanes y otros; en otras, se alzaron banderas de libertad y derechos humanos de manera selectiva para justificar el caos y debilitar las instituciones del Estado; y en otras tantas se impulsó a grupos vinculados a centros de influencia e inteligencia extranjera para provocar disturbios, incitar y encender la calle contra el Estado nacional, tal como sucedió mediante los llamados “activistas” —quienes eran agentes de inteligencia extranjera— para sembrar la discordia e incitar contra el Estado con el fin de derrocarlo.

Egipto, en virtud de su peso histórico, fue el objetivo más crucial dentro del proyecto de caos que asoló la región durante los años conocidos como la etapa de la «Primavera Árabe». El colapso del Estado egipcio habría significado, en la práctica, el derrumbe del último centro de equilibrio árabe capaz de proteger la idea del Estado nacional en la región. Por esta razón, los intereses de potencias internacionales y regionales convergieron con los grupos del islam político —con la organización de los Hermanos Musulmanes en su centro— en un momento extremadamente peligroso, donde se presentó a dichos grupos como la alternativa lista para administrar la región, dentro de una concepción más amplia para reingenierizar el Oriente Medio en lo político, geográfico y cultural.
Acontecimientos posteriores revelaron que ciertas potencias occidentales, encabezadas por círculos influyentes dentro de la administración estadounidense de aquel entonces, veían a los Hermanos Musulmanes como una herramienta utilizable para remodelar la región. Esto bajo nuevos arreglos que respondieran a intereses estratégicos vinculados a la seguridad de Israel y a la redistribución de la influencia regional. No era un secreto el volumen de respaldo político, mediático y diplomático del que gozó dicho grupo durante esa etapa, en un intento por imponer una nueva realidad al Estado egipcio.

Dichas potencias asumieron que podían contener a Egipto, desmantelarlo, dividirlo y debilitar a su ejército e instituciones para materializar el sueño del Gran Israel desde el Nilo hasta el Éufrates. Esto mediante el empoderamiento de una organización transfronteriza cuya lealtad respondía más a la estructura internacional que a la pertenencia al Estado nacional, confiando en que este camino permitiría reorientar la política egipcia lejos de sus principios históricos, sirviendo así a proyectos regionales más amplios enfocados en desintegrar el concepto del Estado nacional árabe y rediseñar los mapas de influencia en la región.
Lo que estas potencias no comprendieron es que Egipto no es un Estado que pueda ser secuestrado fácilmente, pues en su interior alberga un inmenso caudal civilizatorio y patriótico arraigado en la conciencia de su pueblo y de sus instituciones nacionales, en primer lugar el Ejército Egipcio, que advirtió tempranamente la magnitud de los peligros que amenazaban la existencia misma del Estado.
Egipto atravesó un momento sumamente cruel y turbulento, durante el cual amplios sectores de la sociedad sintieron que su identidad nacional sufría un intento de secuestro organizado, y que la milenaria nación que resistió miles de años enfrentaba un proyecto destinado a alterar su naturaleza civilizatoria, política y cultural. Con la escalada de la polarización y la división, comenzaron a revelarse gradualmente los rasgos del verdadero proyecto que se pretendía imponer a Egipto y a la región.
Lo ocurrido en Egipto constituyó un punto de inflexión en la historia de toda la región árabe y no una mera transición política interna; la caída del Estado egipcio habría provocado una cadena de colapsos sucesivos que habrían rediseñado el Oriente Medio sobre las bases del caos, el sectarismo y la fragmentación. Por ello, la recuperación de la estabilidad de Egipto representó el fracaso de uno de los proyectos más peligrosos proyectados contra la nación árabe en la era moderna.
Para concluir, afirmo que las grandes patrias solo son protegidas por los leales, aquellos que no cambian sus posiciones cuando las tormentas arrecian.



